Nadie
puede negar sobre ello, a todos nos gusta pensar y parecer que podemos ser
fuertes. No, que realmente lo somos, fuertes y duros como rocas y para ello
dejamos, en muchos casos, de ser quienes somos y nos convertimos en duras
sombras de nuestra propia alma, deseando tener credibilidad ante los demás, ante
aquellos ojos que nos cuestionan si realmente no lloramos, bien porque no duele, o
bien, porque nos duele más el hecho de derramar lágrimas ante ellos que el
dolor que nos pueda estar punzando hasta lo más hondo de nuestro ser.
Y mira
que es fácil ser quienes sentimos, dejándonos llevar por el volcán de
sentimientos que rodean nuestra vida. Pero nada, en muchos casos asimilamos
como correcto, incluso heroico, el hecho de aguantar fuertemente con una
templanza que nada tiene que ver con la realidad que en ese momento marca
nuestra vida.
Pero no
nos engañemos, llega el día que ocurre y comienza el derrumbe de muros hechos
de adobe, dispuestos a soportar grandes tempestades y ya todo deja de Parecer
y entra el Ser y hay estamos, ésos sí que somos.
Ahora sólo queda volver a mojar la tierra y comenzar de nuevo a construir el muro: fuerte y rígido.
Ahora sólo queda volver a mojar la tierra y comenzar de nuevo a construir el muro: fuerte y rígido.
Y es
que, en muchas ocasiones, incluso llegamos a pedirnos permiso para dejar de ser
fuertes por un instante.
Y rara vez te dejas.
Y rara vez te dejas.
Rara
vez.
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