lunes, 30 de enero de 2012

A Juan.

Sabía lo que me quería decir pero no la dejé hablar.

Su mirada era una mirada de dolor, de esas miradas tristes que muestran un corazón negro, o medio negro.
Todo cambió.
Tres meses atrás la vi correr, gritar tan alto que hizo que todo el vecindario se asomará a la puerta para ver el revuelo que se armaba en la calle.

–Me caso. Juan me pidió que me casara con él. Juan ha vuelto, está aquí, vivo. Vivo. ¡Me caso! ¡Me caso!-
Salí corriendo de casa dejando el fuego puesto. Pero su voz me llenó de alegría. Dos años y medio de espera, dos años y medio cuyos días fueron contados uno por uno en el almanaque, tachados. Dos años y medio largos e interminables.
Al tercer mes de que Juan se marchara, deje de preguntarle por él; a cada pregunta su mirada caía y un "Esta bien" comenzó a convertirse en silencio. Silencio de ausencia, de esperanza, de sin noticias.
Juan siempre soñó con alistarse en el ejército; mucho tiene que ver su tío, Manolo, Teniente Coronel, con el que vivió desde los tres años al quedarse huérfano, junto a su hermana María.

Juan se alisto a los dieciocho años aún no conocía a Valeria. Durante el verano del ochenta y seis, llegó el primer beso entre ambos. Lo que parecía un “amor de verano” se convirtió en un verdadero amor. Valeria se mudó al pueblo, a casa de su abuela donde años atrás solía pasar cada verano con toda su familia.

Juan se marchó, pues su obligación se lo exigía. Antes de marcharse, le prometió amor eterno y, por supuesto, que volvería sano y cuando lo hiciera se casaría con ella.

Al igual ella, le prometió respeto y espera, deseo y esperanza para poder juntos llegar al altar y darse el sí quiero.
"Sí quiero" que sus almas ya se dieron en el verano del ochenta y seis.
Así fue.
Me apretó la mano, su carita ya no era esa carita rosada, inocente. Su cuerpo aparentaba fragilidad, la sábana dibuja su cuerpo delgado, demasiado delgado. Dos meses de lucha, día tras días. Dos meses que acabarían en pocas horas.

Su mano rozó a la mía dejando caer una pequeña nota manuscrita.

A Juan:
 Te ame más que a mi vida. Lo hice por ti, por mi, por ambos. Escocía, me escocía el corazón cada mañana cuando al despertar no estabas junto a mí.
No puedo contar las noches que soñé que te volvía a ver, sano y salvo. Que estábamos tú y yo solos de nuevo.
Perdóname,  mi cuerpo está demasiado enfermo y mi alma ya apenas tiene fuerzas. Necesito descansar, dormir –para siempre-. 
No me llores cuando me vaya. Fue Dios quien eligió y es él quien ahora me necesita. 
Te abrazaré desde lo más alto y desearé con todas mis fuerzas que tu corazón vuelva a latir de amor, que muy pronto haya una mujer a tu lado que te amé tanto como lo hice yo.
Nunca pensé que la vida se trucaría de esta manera. Si Dios me lo hubiera avisado te hubiese esperado igualmente, o no; quizás hubiese ido a buscarte.
Juan, eres el hombre de mi vida, lo fuiste y siempre lo serás.

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